Cualquier aficionado al deporte en general, pero sobre todo al fútbol en particular, estará ya familiarizado de sobra con los términos club deportivo y SAD -sociedad anónima deportiva. Se dice que la SAD es consustancial al proceso de profesionalización del fútbol, y que es una figura jurídica indispensable para la competitividad de una entidad en -casi- cualquier categoría.
Ambas figuras jurídicas tienen sus pros y contras, como prácticamente todo en la vida, si bien no puedo por más que discrepar de la opinión de aquéllos que no hacen más que glosar las virtudes de una SAD. Creo, y obviamente es una opinión estrictamente personal, que el fútbol debería articularse siempre sobre la figura de un club deportivo, supuesto que los clubes se sustentan sobre el sentimiento de sus aficiones, que no sobre el carácter mercantil de la cuestión, además de por otras razones que tantos problemas han dado, y dan, al fútbol español.
Y es lo anterior lo que, precisamente, hace que el club deportivo sea más adecuado que una SAD, pues el primero otorga un verdadero poder de control y fiscalización a la afición sobre los dirigentes de la entidad a través de una asamblea anual de socios, mientras que la SAD, en la práctica, suele descansar sobre el control de un gran accionista, o de varios, que concentran todo el poder, dejando a la afición con poco o ningún margen de maniobra en la práctica .
Es evidente que una SAD puede resultar un instrumento jurídico válido y eficaz para recorrer un camino de éxitos deportivos y de solvencia económica -de hecho ahí están los conocidos casos del Villarreal C.F. o de la Sociedad Deportiva Eibar- pero cuando se constituye una SAD, se pasa siempre a depender ya del acierto, capacidad y buenas voluntades de uno o varios grandes accionistas/inversores.








